El falso conejo.

Cierto día en el castillo de la Principepa:

— A ver, a ver — dijo la Principepa señalando con su dedo — tres tigres, una jirafa, dos hipotálamos, seis caballos, un gato Natalio, muy bien sí, a ver…tres, no, cuatro… ¿Dónde está el quinto? Ah, ah está, sí, cinco lagartos, bueno creo que eso sería todo. A ver, déjenme repasar. ¡No, no, no, muy mal, muy mal! — gritó — ¡¡¡Pinoy, comandante Pinoy!!! —

El comandante Pinoy escuchó el grito desde la otra punta del castillo, pero como este era muy pequeño, no tuvo que correr mucho para llegar. — ¿Si, su señora absolutisima Principepa? — le dijo a la reina que se encontraba indignada contando sus animales.

— Pinoy me hace el favor de mirar el zoologico una vez más y decirme ¿que ve?.

— Qué la jirafa no tiene rayas? — dijo Pinoy confundido.

— Buena observación — dijo la Reina —envíela a rayar entonces, pero, mire más detenidamente.

—¿A ver, a ver, que los tigres no tienen bigotes?

Ay cuanta razón tiene, envíelos a bigotear. Los quiero listos en la mañana. Pero no es eso, mire más detenidamente. ¿Que falta ahí, aparte de bigotes y rayas?

— Diría que falta un lagarto — le dijo el comandante — el quinto, ah no, no, ahí esta, siempre se esconde, eso por comprarlos transparentes — reflexionó.

¡La Principepa no pudo contenerse más y le grito, — ¡un conejo, comandante, un conejo! ¡No tengo conejos!

Pero su señora, su excelencia, su santisima Princeposidad, no tenemos conejos en el reino.

¡No me importa! — le dijo la Principepa enojada como era su costumbre — ¡Agarre un montón de gatos y mándelos a conejear no me interesa!, no, no a vos —le tuvo que aclarar al gato Natalio que ya la miraba confundido.

— Es que la última vez — trato de explicarle Pinoy — usted sabe cómo son los gatos, mas cuando uno los conejea, y ¿de donde sacar tantas orejas no?

— ¡Mire comandante, estoy harta de sus excusas, o me consigue un conejo para mañana, o va a desfilar por las calles del Reino vestido de conejo usted! No puede faltar, no, no señor, no puede faltar un conejo en el desfile de animales del reino — se alejó diciendo.

 

El comandante Pinoy se quedó solo en la habitación, tratando de reflexionar que había pasado.

— ¿Un conejo, de donde voy a sacar un conejo mi queridísima princesa?, piensa Pinoy, piensa — se dijó a si mismo — no debe ser tan difícil, algo debe haber en esta cabeza, quizás sí, no, mejor no, eso sería imposible, aunque no creo que el dragón los haya comido todos. Aun así

quien será lo suficientemente tonto como para… — se decía a si mismo cuando entro Juanete trapeando los pisos.

— Juanete — le dijo Pinoy, y este se lo quedo mirando.

— Mande capitán? — le dijo — Que desea? ¿Una limpieza de pies? ¿Quizás que barra los techos o limpie las ventanas?

—¿Es que no sabe las novedades en el reino?

—Si señor, claro que sí — le dijo Juanete — como no hacerlo si todos hablan de ello, aunque yo sinceramente no lo creo. Ojo, la señora esa siempre me pareció una bruja, ¿pero que vuele en escoba? No, ¿como puede ser?.

— De que está hablando Juanete? Que señora en que escoba, como va a volar en una escoba — le dijo el Pinoy indignado.

— Si es lo que yo digo, ¿como va a volar en escoba si está prohibido por orden real de su alteza la máxima exposición la Principepa?, ¿o no es así? — dijo Juanete confundido.

— Juanete, volar en escoba no está prohibido, robar escobas está prohibido.

¿Entonces, la señora realmente voló en escoba?

No Juanete, ¡las escobas no vuelan!

—Ay — dijo Juanete tocando su pecho – Y las señoras sí?

— Mire Juanete — le dijo el comandante — ni las escobas ni las señoras vuelan!

— Menos mal — dijo el sirviente — le acabo de comprar la última escoba modelo Ninfus Tri Sausen a mi madre y no quisiera.

— Como dijo? ¿La ninfus que?

— Tri Sausen, ya sabe la “trecientos” en Ingles.

— ¿Ahora habla Ingles Juanete?

¡Of cors ol mai laif! — le dijo Juanete con aires de grandeza.

Deje de decir pavadas y venga para acá, las novedades son que la princesa lo ha nombrado caballero.

A mí? — dijo el sirviente rascándose la cabeza.

A ti.

Seguro que a mí?

Si a usted.

No será como la vez que me nombraron rey y al final era el día de los juanetes inocentes?

– No, esta vez es de verdad.

– Pero mire que si le cuento a mi madre y después…

– Juanete, termínela — le dijo el comandante enojado — Lo nombraron caballero porque el reino tiene una misión muy importante para usted

– ¿Por dios barro los techos? — le dijo el joven sirviente confundido pero emocionado a la vez.

– Cortela con los techos y deje esa escoba ¡no sé de donde saco esa pavada!

— ¡Ahora pongasé firme, porque está apunto de asumir una tarea crucial para el reino, para que todos los habitantes del imperio se sientan seguros, felices, contentos, alegres, contentos de nuevo, felices un poco más y así sucesivamente!

– ¿Pero no somos solo tres? — le dijo confundido el asistente.

– Cuatro, si cuenta a la señora de la escoba.

— A cuatro si, si claro, la señora, aunque se fue volando, ¿cuenta igual?

– Juanete! Ahora que ha sido nombrado caballero quiero que tome al mejor caballo del reino.

– El unico dirà, no?

– Bueno tomeló, y vaya a esta dirección — le dijo el Pinoy dándole un papel.

Disculpe el atrevimiento — dijo Juanete — pero no sería mejor un GPS? —

A ver espere — dijo el comandante haciendo caso al pedido — anote acá la dirección, camina siguiendo esa línea, esperé hay que poner en que va…

– ¿Tiene soporte para caballos? — le preguntó Juanete.

– No, pero le ponemos auto y le marca las contramanos.

— ¡Ah que bien! — dijo Juanete, cuando mirando el GPS se dió cuenta de algo espantoso — ¿pero ahí no está el dragón?

No me diga! — dijo el comandante pretendiendo sorpresa.

Si, me parece que sí.

— No, me parece que se mudó, hace rato, por la humedad Juanete.

— ¿Pero no vive adentro de una montaña?

Y claro, imagínese lo húmedo que es dentro de una montaña, antes de que le pique el resfrío se mandó a mudar. Escúcheme, necesito que vaya a la montaña, que entre y agarre un conejo y me lo traiga.

—¿Por qué no? — dijo Juanete —no parece tan difícil. ¿Me llevo la escoba?

— Lleve, lleve nomas Juanete y vaya por favor.

 

Así partió Juanete, casi en desgracia con rumbo cierto pero peligroso, atravesando mil desiertos, que en realidad fue solo uno y bien chiquito, pero lo atravesó de todos modos y cuenta la leyenda que le dio arena en la cara, como tres veces. Y anduvo hasta que finalmente pudo llegar a la cueva del dragón. Quiso tocar a la puerta como toda persona educada, pero como no había puerta solamente entro.

 

— ¿Quien anda ahí? ¿Quien osa a entrar en mi hogar?  — dijo una voz furiosa desde la oscuridad.

Uy señor dragón, disculpé no era mi intención molestar, pero no se haga problema que oso no soy así que no oseo, yo soy Juanete, un caballero del reino.

— ¿Y que estás haciendo aquí? — le dijo con la paciencia característica de un animal mítico y gigante.

No me lo va a creer, se me quedo el caballo acá cerca, unas cuadritas y vengo pateando desde allá, ¿por casualidad un conejo no tiene no?

—¿¡Que, un conejo!? —  rugió el dragón —  ¿¡Quien eres para quitarme mi comida!?

— No, no, no, no nos pongamos así, en esos términos no vamos a llegar a ningún lado, yo preguntaba si no tenía un conejo, porque tengo un auto a conejo…

— De ninguna manera — lo interrumpió el gigante milenario — de ninguna manera vas a llevarte uno de mis conejos.

– Pero si ahí atrás veo uno, dos, tres, siete mil ochocientos conejos.

– Tiene buen ojo por lo que veo, ¿tendrás buen sabor también?

No, en realidad, soy de sangre agria por parte de padre, y dice el doctor que me falta azúcar así que no soy lo más recomendable. ¡Pero eso sí, tengo unos amigos todos regordetes que ni le cuento! — explico Juanete.

— ¡Silencio! — le dijo secamente el dragón — ahora que has venido no puedo dejarte ir.

– Si, si veo se hizo tarde, no importa, me acuesto acá, mañana amanece y me voy sin ruidos, preparó yo el café, no hay problema por eso, claro, claro.

– ¡Silencio dije! — insistió el animal.

— Ay! ya me pico la gorda — se lamentó Juanete.

– ¿Me pregunto qué hacer contigo?…

– Vea — le dijo el sirviente devenido a caballero — soy un excelente cocinero de paellas, pero excelente, ni le cuento, en dos minutos le pongo las cebollas del revés y pelamos unos tomates, cuando se quiere acordar don dragón…

– ¡Que te calles!, no como paellas…

Quizás a la señora dragona le gusten unos buenos masajes de alas. Y lo bueno que soy, todos los dragones siempre me dicen “Juanete, sos un excelente masajista de alas”.

— La señora está de vacaciones — le dijo el animal — se llevó a los pichones. Como veras planeaba dormir 3 meses hasta que llegaste.

— Y cuanto durmió el señor dragón?

– Veinte minutos, más o menos — se lamentó el dragón

– No parece un eterno letargo, caí justo, pero duerma tranquilo si quiere lo despierto en enero con las tostadas.

– ¡Ahora es muy tarde! Una palabra más y serás mi cena, ahora bien, que hacer contigo. Eres feo, desnutrido, y hueles apestoso. Comerte no es una opción, pero tampoco dejarte ir, podrías robarme un conejo mientras duermo y no puedo permitirlo.

–Disculpe don dragón, ¿pero nunca escuchó el refrán “donde come uno comen dos”? ¿Especialmente cuando uno tiene apenas siete mil ochocientos conejos?

– Yo me gane esos conejos, ¿que has hecho tu para merecer parte de mi premio?

– Si quiere saber, estudie lombricultura, botanica 1 y 2, Retorica Filosófica pero abandone en el tercer año, también hice…

– ¡Basta es suficiente! — dijo la bestia — se hace tarde para mi siesta de las tres. ¿Entonces si te doy un conejo te irías?

– Si, ningún problema — dijo Juanete sonriendo y creyendo que ya había ganado la batalla — Yo se dónde está la salida, lo tomo y me voy ningún problema, ningún problema — repetía mientras tomaba uno de los tantos conejos.

— ¡Alto! — le grito el Dragón dejando salir un poco de fuego de sus fauces — deja mi conejo ahí.

– Que aliento — le dijo Juanete.

— Para darte uno de mis conejos primero deberás ganarlo en una competencia. Como cualquier otro premio, debe ser merecido. Dejamé pensar…

<< Ay que no sean acertijos >> pensaba <<Juanete, que no sean acertijos >>.

– Ya sé — dijo el dragón después de un rato de pensar — ¡Acertijos!

— Ay por dios — se le escucho lamentar al caballero.

– Dos acertijos — dijo el animal — hasta el momento sin resolución, sin explicación. Los acertijos mas difíciles que habrás oído jamás, miles perecieron ante estos acertijos y miles más lo harán, ¿estas listo?

– A ver — reflexiono Juanete — entonces si adivino dos acertijos tengo el conejo. ¿Y si pierdo?

– Si pierdes, voy a verme obligado a devorarte.

– ¿Y tengo alguna pista? ¿Llamada telefónica? ¿Ayuda del publico algo? ¿Un comodín quizás?

— Nada — le dijo secamente la bestia.

– ¿Ni la llamada? Porque mi mama se puso Wifi y…

– Nada dije.

– Ok, ok, pregunte nomas.

– Es animal y tiene cola — comenzó a recitar el dragón— Le gustan las vidas pero no las escobas, si se ve en un espejo tiene catorce y si le sigues con una tijera no quiere recortes.

– A ver, déjame pensar — le dijo Juanete — tengo un límite de tiempo?

– Si, toda la eternidad.

– Esta bien me gusta trabajar con cierta libertad.

– Bien y entonces?

– A ver, cola, eso me da trescientos veintidós animales. Le gustan las vidas, pero no las escobas. Animal que no le gusten las escobas, eso me da cuarenta y tres animales, paso el dos, sumo el quince, subo el coso ese, un espejo tiene catorce, pero no los recortes, un animal de catorce, pero solo en un espejo. ¿Será el rinoceronte? A ver déjame ver, ah no, no, porque ya pasé el cinco, el gato entonces.

– ¿Es tu respuesta final? — le pregunto el dragón.

– Sí, sin dudarlo ¿que mas podría ser, un gato espejado son catorce vidas no? es como un gato al cuadrado, pero con menos pelo.

– No entiendo como lo has adivinado, ese acertijo pertenecía a mis abuelos desde tiempos inmemorables y jamás fue resuelto.

– Bueno, un poco de suerte tiene cualquiera — le dijo el asustado sirviente.

– Este, este no lo podrás descifrar —le dijo la bestia— ¿Qué parece un calcetín, tiene boca y es parlanchín y al parecer va a ser parte de mi festín?.

Juanete pensó y pensó, dudó y dudó, y como buen Juanete luego respondió.

— A juzgar por su mirada de dragón con hambre, los tenedores preparados y los platos lavados, diría que ¿yo? — Dijo con cierto miedo en la voz.

– ¿Como lo has logrado?, sí, exactamente pensaba comerte, pero ahora no puedo. Está bien, toma, lleva un conejo — se resignó el dragón — pero nunca más vuelvas o te devorare sin acertijos.

 

Y así fue que Juanete tomó el conejo y lo llevo al reino de la Principepa. Aunque cuando llego había tardado tanto que ahora la Principepa quería un bburro rosa. Pero eso no importa, Juanete cumplió con su deber y todos fueron felices y no comieron perdices porque a Juanete se le traban en los dientes.

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