La llave rebelde.

Su majestad giró a la derecha, pero nada ocurrió. Tomó aire, pensó un poquito y volvió a girar. Esta vez tampoco ocurrió nada. Se mostró molesta y los sirvientes a su alrededor pudieron percibir como el color rojo le iba subiendo por el cuello. Generalmente cuando a su majestad el rojo le pasa del cuello, se acaba la fiesta y comienzan los gritos y los cortes de cabeza.

«Su majestad», quiso decir un conejo, pero la Principepa hizo caso omiso. Giró de nuevo y como era de esperar no pasó nada.

—¡¿Qué le pasa a esta puerta?! — gritó— ¡¿Qué le pasa?!

—Es que su majestad, la reina de todas las reinas —ensayó el sirviente tratando de disimular el miedo—, es que las puertas…

—¿Las puertas qué? —gritó la reina—¿Las puertas qué?

—Las puertas, su majestad, solo abren si la llave se gira a la izquierda.

—¿Ah sí? —dijo la reina calmándose de golpe.

—Sí, su majestad, la más reina— le dijo el conejo —. Las llaves…

—Espere, espere, ¿las llaves o las puertas? —le dijo confundida la Principepa.

—Bueno, las llaves que se usan en las puertas solo abren si usted gira a la izquierda.

—¿Quiere decir que las puertas no abren girando a la derecha?

Los conejos se miraron espantados por un segundo, eso era exactamente lo que querían decir, pero con la Principepa nunca se sabía.

—Sí, eso ocurre exactamente— le dijo uno de los conejos.

—Pero qué puerta más rara —dijo la Principepa —. Mucho, muy rara. Bueno, vamos —dijo golpeando sus manos—, traigan otra puerta.

—Pero su majestad —le dijo el conejo—, me temo que eso no es posible, la puerta…

—¿Osa decir que no tengo razón?

—Ni oso ni osa —le dijo el conejo—, es que…—intentó decir, pero no pudo.

—¡Es que nada, es que nada! —le gritó la Principepa— ¡Pinoy! ¡Comandante Pinoy!

Y en segundos el comandante Pinoy bajó rodando por las escaleras, es que tenía las patas muy cortas para escalones tan altos y era muy común resbalarse. En realidad para la Principepa no era común porque como los escalones eran tan altos, se hacía subir por el cuello de una jirafa, pero no permitía que los demás lo hicieran.

—Es que me gustan los escalones altos —decía—. Se ven más bonitos, aunque no son tan prácticos como las jirafas cuelludas.

 

—¡Comandante Pinoy! —le dijo, sin esperar a que se levantase—. ¿Me puede decir qué es esto? —le dijo señalando la puerta.

—Una puerta— le dijo el comandante.

—¿Y por qué no me hace caso? —le preguntó la reina.

—Bueno, porque las puertas no escuchan.

—¿No escuchan las puertas? ¿Qué cosa es esa? En mi castillo cuando yo hablo, las cosas me escuchan.

—Sí, su reinosidad —le dijo el comandante Pinoy— pero tiene que entender que las puertas no tienen orejas, entonces…

—¿Entonces es una cuestión de orejas? —reflexionó la Principepa—. Bueno, sáquenselas a éste —dijo señalando a un conejo orejudo— y póngaselas a la puerta. Seguro que les da un mejor uso.

—Su majestad —insistió el comandante—, no es tan fácil.

—¡Basta, basta! —gritó la Principepa poniéndose completamente roja—. No puede ser todo tan difícil en este castillo. ¿Qué clase de puerta no tiene orejas?

—Pues las puertas normales —quiso explicar el comandante.

—En mi castillo, lo único normal son las puertas que se abren.

—Y ésta se abre —dijo el comandante Pinoy—, si gira la llave a la izquierda.

—Usted también con la llave a la izquierda, ¿desde cuándo las cosas se abren a la izquierda? La quiero abierta a la derecha —dijo y se alejó.

—Bueno, al menos ya no quiere ponerle orejas —murmuró un conejo.

—¡Ah y pónganle orejas! —gritó mientras se alejaba, y el conejo orejudo quedó tragando saliva.

 

El comandante Pinoy organizó a la escuadra. Mandó llamar a los mejores cerrajeros del reino, que como era un reino muy chiquito, solo había uno y lo tenía al lado. La verdad, fue bastante rápido.

—Conejos, soldados y cerrajeros — dijo—. Vamos a hacer un brainstorming.

Todos los sirvientes se quedaron helados, excepto uno que tenía mucho calor y no se heló nada. Nadie tenía ni la menor idea de qué era un brainstorming, pero el comandante Pinoy lo había leído en su revista semanal de manejo de equipos de conejos.

—Para empezar, vamos a tirar ideas sobre cómo resolver el problema —dijo el comandante.

—¿Cómo tirarlas?, ¿No deberíamos guardarlas? —le dijo un conejo.

—Claro, es una metáfora —le explicó el comandante.

—¡Ay no, por dios, no! —gritó un bicho canasto que estaba muy atento. No tenía ni idea de qué era una metáfora, pero le parecía doloroso.

—No nos “metaforen”, no —siguió gritando, y todos empezaron a temblar, excepto el que tenía calor, que ése transpiraba nomás.

—¡Basta, paren todos, nadie va a “metaforar” a nadie! Vamos a decir nuestras ideas sobre cómo resolver el problema. Yo digo el problema y los demás dicen ideas.

—¿Cualquier cosa? —preguntó uno.

—Sí, cualquier cosa —dijo el comandante, y empezó—: La reina quiere que la puerta se abra girando a la derecha en vez de a la izquierda.

—¡Ya sé! —dijo uno levantando la pata.

—Excelente —dijo el comandante, sorprendido de que la técnica funcionase.

—¡Arvejas!

—¿Cómo dijo? ¿Cómo que arvejas? —le preguntó el comandante.

—Arvejas, dijo que digamos cualquier cosa.

—Sí, eso dijo —contestó otro de los conejos.

—Estoy seguro de que dijo «arvejas» —dijo otro de los conejos.

—Mientras no nos “metaforen” —dijo la jirafa, que miraba todo desde arriba.

—¡Basta, basta! —dijo el comandante sabiendo a dónde iba a parar todo—. Cerrajero —dijo mirando al animal experto en cerraduras—, ¿qué recomienda?

—Interesante —dijo el cerrajero—. Hay solo una manera de que la puerta abra hacia la izquierda: y eso sería girando la puerta.

—Pero la puerta está pegada a la pared —dijo un conejo.

—Entonces habrá que girar la pared —dijo el cerrajero.

—Pero la pared está pegada al castillo —dijo otro animal, rascándose la panza.

—Entonces habrá que girar el castillo: no hay otra solución —dijo el cerrajero y cundió el pánico nuevamente en el castillo.

Unos conejos empujaron para un lado, otros para el otro, el comandante Pinoy mandó  pegar todas las cosas con patas al piso, así no se caerían cuando giraran el castillo, pero como todos los animales tienen patas, se hizo todo un pegote, especialmente con la jirafa, que cuando le dieron vuelta, las patas le pegaban al techo y después la giraron de nuevo y las patas le daban al piso, aunque eso estaba bien, pero igual confundió a todo el mundo. Fue así cuando entremedio del pegote y los conejos empujando, llegó la Principepa y abrió la puerta. Todos se quedaron helados, incluso el conejo que antes tenía calor, ahora con todo esto de girar el castillo le había entrado el frío.

—¿Qué hacen? —preguntó.

—Damos vuelta el castillo —dijo el comandante Pinoy.

—¿Y por qué?

—Porque hay que dar vuelta la pared.

—¿Y por qué?

—Porque hay que girar la puerta.

—¿Y por qué? —insistió la reina.

—Porque hay que abrir la puerta a la derecha.

—¡Ah! —dijo la Principepa— ¿A quién se le ocurre semejante cosa? Abrir puertas a la derecha… pfff… no, no, no… en mi castillo las puertas me gustan bien abiertas a la izquierda —y se marchó.

Y esta fue la vez que el castillo casi se dio vuelta, pero al final no

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